"Un error no se convierte en verdad por el solo hecho de que todo el mundo lo crea"
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La figura de Krishnamurti

Mariano J. Vázquez Alonso

No resulta fácil establecer el marco de referencias en el que pueda insertarse tanto la figura de Jiddu Krishnamurti, como las fundaciones y escuelas creadas a partir de sus enseñanzas. Para empezar cabe hacerse una pregunta: ¿Fue Krishnamurti un filósofo, un pensador, un maestro espiritual o un auténtico revolucionario de la mente humana? La respuesta -la más cómoda, y al mismo tiempo, la más acertada- sería reconocer que fue un perfecto compendio de todos estos calificativos. Su pensamiento, divulgado en miles de charlas dadas por todo el mundo; y en decenas de libros traducidos a numerosas lenguas, rechaza de plano la formulación de una doctrina y, por tanto, la de una Escuela.

El elegido

George Bernard Shaw calificó a Krishnamurti como: “Una figura religiosa de la más alta distinción”, añadiendo que era “el ser humano más maravilloso” que había visto nunca. No fue el gran dramaturgo irlandés el único en pronunciarse en términos tan elogiosos, pues hablando también de él Kahlil Gibran apuntó en cierta ocasión: “Cuando entró en la habitación pensé, sin lugar a ningún duda, que el Señor del Amor acababa de hacer su aparición ante mí”.

Algunos años más tarde es Henry Miller el que escribe la siguiente frase: “No hay hombre que yo pudiera tener mayor privilegio de conocer”. Y el propio Aldous Huxley, quien andando el tiempo se habría de convertir en buen amigo de Krishnamurti, confiesa en una carta, tras asistir a una de sus conferencias: “Fue lo más impresionante que haya escuchado nunca. Fue como haber escuchado un discurso del propio Buda, con tanta fuerza y tanta autoridad en sí mismo”.

Pues bien, el sujeto de tan encomiásticas referencias tuvo una infancia y adolescencia que no revelaron, en absoluto, a la gran figura que habría de llegar a ser andando el tiempo. Es más, su comportamiento reflejaba las escasas dotes de un joven poco dotado para cualquier trabajo intelectual. Por otro lado, las descripciones muy pormenorizadas, en algunos casos, de esos primeros años de la vida de Krishnamurti, resultan poco fiables al estar nimbadas de un halo de misterio y leyenda.

El 11 de Mayo de 1895 nace en la pequeña población de Madanapalle, en el mismo corazón de la India, Jiddu Krishnamurti. Su familia, aunque perteneciente a la casta de los brahmanes, padece una situación económica bastante precaria, pues el empleo paterno como pequeño funcionario del Gobierno, no es suficiente para mantener una familia sumamente numerosa. Catorce años después del nacimiento del muchacho, su padre, que durante muchos años estuvo vinculado al movimiento teosófico, habrá de trasladarse con toda la familia a Adyar, cerca de Madrás, para prestar sus servicios en la sede la Sociedad Teosófica.

Octavo hijo del matrimonio, en el nacimiento de Jiddu concurrieron unas circunstancias muy especiales. Su madre, al sentir los dolores del parto, quiso dar a luz en la sala de «puja» de su casa; una habitación que está destinada, en los hogares de las familias religiosas, exclusivamente para la meditación. Ninguna mujer brahman se hubiera atrevido nunca a entrar en esa sala para alumbrar en ella, lo que hubiera sido considerado como una grave falta. Sin embargo, tanto insistió la mujer que no hubo forma de impedírselo. Y poco después de la medianoche daba a luz a su hijo, a quien se puso por nombre Krishnamurti en recuerdo del dios de la mitología hindú Krishna, quien también fue octavo hijo.

Un sorprendente descubrimiento

Desde su más tierna infancia Jiddu profesa un gran amor por su hermano menor Nitya, con quien comparte no solamente juegos, alegrías y tristezas, sino al que se siente unido por unos vínculos afectivos sumamente intensos que durarán toda la vida.

Un día del año 1909, paseando precisamente con su hermano preferido por la playa de Adyar, Krishnamurti, que cuenta a la sazón catorce años, es descubierto por un alto cargo de la Sociedad Teosófica, C.W. Leadbeater, quien se muestra muy impresionado por la excepcional «aura» que presenta el muchacho.

Charles Webster Leadbeater era toda una personalidad en el mundo de la teosofía. Personalmente afirmaba que había desarrollado poderes ocultos, que tenía capacidad para ver e interpretar el «aura» de las personas y que, incluso, se comunicaba con los Maestros.

Al comprobar la calidad del aura del muchacho, que no reflejaba la menor traza de egoísmo, Leadbeater informa de su descubrimiento a los dirigentes de la Sociedad Teosófica. Se decide hablar con los padres del joven Krishnamurti, a fin de conseguir que el muchacho pase a ser educado en el Centro, cosa a la que acceden aquellos. Solamente hay una condición impuesta por el joven Jiddu: su hermano Nitya ha de acompañarle, pues no está dispuesto a separarse de él.

No hay más remedio que pensar que los poderes paranormales que decía poseer Leadbeater debían ser auténticos, pues de otra manera hubiera resultado muy difícil descubrir en aquel adolescente de aspecto descuidado, semejantes cualidades humanas.

Empieza entonces la primera etapa de la educación del joven Krishnamurti. En el Centro de Adyar se le cuida con todo esmero, tanto en el plano espiritual como en el físico, Se le enseña a practicar deportes occidentales: natación, tenis, ciclismo etc. que el muchacho acepta gustosamente. Pero, sobre todo, se le instruye en elplano espiritual. Y en este plano son los Maestros, especialmente el Maestro Kuthumi que, al parecer, vivía en un lugar del Tibet reencarnado en el cuerpo del brahmán Kashmiri, los que le ayudan.

Ayudado por Leadbeater, Krishnamurti solía visitar al maestro Kuthumi en el plano astral, durante las noches. Como fruto de estas visitas podía escribir las enseñanzas recibidas. Estos escritos fueron recopilados, y en 1910 se publicaron con el título de «A los pies del Maestro».

El Instructor del Mundo

En 1911, dos años después de que Leadbeater le «descubriera», Annie Besant, a la sazón presidenta mundial de la Sociedad Teosófica, decide que tanto Krishnamurti como su hermano Nitya, abandonen India y sean llevados a Inglaterra.

El motivo de esta decisión radica en el deseo de la señora Besant de que Kirshnamurti reciba una esmeradísima educación, cosa que a su juicio es muy difícil de adquirir en la patria de origen del joven. A tal efecto, en 1911 los dos hermanos embarcan rumbo a la metrópoli. Allí vivirán en el marco de una familia aristocrática, la de lady Emily Lutyens, hija de un virrey de la India y esposa de Sir Charles Lutyens , el afamado arquitecto de Nueva Delhi.

A partir de ese momento, Krishnamurti es objeto de las máximas atenciones y cuidados, propios de un joven de la aristocracia inglesa. Sus protectores, convencidos de que el muchacho será el futuro Instructor del Mundo y de que, por tanto, su persona es prácticamente sagrada, le rodean de un ambiente exquisito y claramente selectivo. Krishnamurti aprende inglés y francés, practica elegantes deportes, y pasa sus vacaciones en los lugares más distinguidos del continente. Sin embargo, todas estas atenciones no parecen influir en su carácter, que sigue mostrándose tímido y desapegado de todas esas comodidades.

Pero, a pesar de tantos desvelos, no es posible hacerle ingresar en Oxford, como tampoco lo es que concluya algún tipo de estudios en la Universidad de Londres o en la Sorbona. Krishnamurti no muestra el menor interés por seguir una formación académica, y sus profesores le encuentran siempre distraído e incapaz de adaptarse a ningún plan de estudios. No obstante, se le sigue cuidando con el mayor esmero recordándole, al mismo tiempo, el papel trascendental que ha de desempeñar en la Humanidad. A este respecto se le nombra Presidente de la recientemente creada Orden de la Estrella de Oriente, institución vinculada a la Sociedad Teosófica, que servirá de soporte a sus continuos viajes y charlas por todo el mundo.

Una extraña experiencia

A partir de su nombramiento de jefe supremo de la nueva Orden, Krishnamurti es objeto, si cabe, de mayores atenciones. Un aristócrata multimillonario, el barón de Pallandt, le regala una magnífica posesión en Holanda, el castillo de Eerde, lugar que en el futuro será escenario de las numerosas charlas que periódicamente dará ante numerosos auditorios. Mientras tanto, sigue estrechamente unido a su hermano Nitya. Éste acaba de concluir su carrera de Derecho; pero su salud, que nunca ha sido demasiado buena, sufre un duro golpe al contraer tuberculosis. A fin de procurarle un clima propicio, se decide enviar a los dos hermanos -ya que Krishnamurti no acepta separase del enfermo-, a California. Allí, en Ojai, un pequeño valle interior, se espera que Nitya pueda reponerse.

Y es precisamente en su residencia de Ojai en donde, durante el mes de Agosto de 1922, Krishnamurti vive una extraña experiencia.

Sin motivo que lo justifique, a lo largo de tres días es presa de terribles dolores que se extienden por todo el cuerpo. Pierde continuamente el conocimiento, experimenta escalofríos, se le hipersensibilizan ciertos sentidos, como el del olfato, y no soporta que le toquen ni admite alimento alguno. Y mientras parece que el cuerpo se le desgarra, y la cabeza está a punto de estallar , permanece inmóvi1 en el lecho, sujeto a frecuentes desmayos.

Finalmente, después de varios días de auténtica tortura, logra abandonar el lecho y puede trasladarse al jardín. Allí, sentado bajo un árbol cae en profundo trance. El mismo Krishnamurti resume todo ese angustioso episodio -que él denomina «proceso», y que se habrá de repetir a lo largo de su vida-, diciendo que cuando todo concluyó se encontraba «embriagado de Dios».

Para sus benefactores, Leadbeater y Annie Besant, lo vivido por su joven protegido a los 27 años de edad constituyó siempre un misterio, si bien no faltaron distintas explicaciones para el mismo. Así, por ejemplo, se dijo que lo que había vivido Krishnamurti no había sido otra cosa que el despertar de la Kundalini. Este proceso, en el que la energía asciende desde el chakra que se encuentra en la base de la columna vertebral hasta alcanzar el cerebro, abriendo allí lo que se da en llamar «tercer ojo», es algo que en los textos esotéricos de Oriente se puede encontrar detalladamente escrito y que, de forma sorprendente, resulta muy parecido a la experiencia vivida por Krishnamurti. Éste, sin embargo, jamás quiso hablar del tema, limitándose a vivir estos hechos en silencio y con la peculiar fortaleza de ánimo que siempre le caracterizó.

El fin de una etapa

La extraordinaria experiencia vivida no pareció marcar cambio alguno en la actividad exterior de Krishnamurti, quien siguió impartiendo sus charlas y conferencias por todo el mundo con la más completa normalidad, bajo los auspicios de la Sociedad Teosófica.

En 1925 se produjo un hecho dramático que influyó notablemente en el futuro curso de los acontecimientos. En el mes de Noviembre de ese año, los distintos centros teosóficos de la India pidieron a Krishnamurti que fuera a darles algunas conferencias. Por entonces, el estado de salud de su hermano Nitya era muy crítico, y esto frenaba cualquier posibilidad de viaje, dado que no quería dejarlo solo. A fin de convencerlo, los directivos de la Sociedad le aseguraron que Nitya no correría ningún peligro durante su ausencia, pues los Maestros ocultos le tendrían bajo su protección.

Ante tal garantía, Krishnamurti abandonó tranquilo los Estados Unidos. Pero algunos días más tarde, cuando el barco en que viajaba se encontraba surcando las aguas del Canal de Suez, recibió un cable en el que se le participaba una terrible noticias: Nitya había muerto. El dolor que esta noticia causó en Krishnamurti fue tremendo, y por doble motivo. Había perdido no sólo al ser al que amara más entrañablemente en este mundo, sino que con esa muerte también quedaba destruida la fe depositada en los Maestros .

A partir de ese momento se experimenta una transformación notoria en la actitud del joven Instructor del Mundo. Ya no admite fácilmente sugerencias sobre lo que ebe o no debe hacer, y su carácter se torna más reflexivo, profundo e independiente. Una decisión trascendental

Los acontecimientos narrados y -sin duda, lo más importante- el profundo proceso interno por el que Krishnamurti debió pasar a lo largo de esos años, generaron en él un cambio radical y una toma de decisiones que no se iban a hacer esperar.

En Agosto de 1929, y durante la celebración de uno de los campamentos de Ommen, en Holanda, hizo pública la noticia que había venido madurando cuidadosamente: Krishnamurti abandonaba voluntariamente la presidencia de la Orden de la Estrella y, con ella, la Sociedad Teosófica.

Ninguno de los asistentes, incluyendo a la señora Besant que se encontraba presente, podía dar crédito a sus oídos. Pero la decisión era irrevocable. A partir de ese momento, Krishnamurti renunciaba a todos los privilegios, bienes y prebendas que le había conferido su encumbrada posición anterior, y se disponía a emprender una nueva vida partiendo de cero. De ahora en adelante, libre e independiente, iniciaría su trascendental andadura, que ya no concluiría más que con su muerte. El joven Instructor del Mundo se alejaba definitivamente de unos círculos que lo habían enaltecido sin límite, pero que constreñían las ansias de libertad y de verdad que le eran consustanciales .

En los cincuenta y siete años que aún habría de vivir no cesó de dar conferencias por todo el mundo, de escribir decenas de libros, de crear tres grandes Fundaciones -en Inglaterra, Estados Unidos e India-, así como Escuelas y Centros. Su actividad no conocía descanso.

Viajó infatigablemente de América a Europa y de ésta a la India, sin preocuparse porque, con notable frecuencia, le aquejaran fuertes y extrañas molestias físicas que él denominaba «el proceso». Y cuando, ya anciano, le ofrecieron una hermosa propiedad para que se retirara a ella y pudiese descansar de tanto ajetreo, escribiendo tranquilamente sus libros, rechazó la oferta que se le hacía a título personal pues, como él decía, «no podría seguir viviendo sin hablar a la gente». Más tarde aceptó la generosa oferta, con la condición de que en el hermoso solar que se le regalaba pudiera erigirse una Escuela.

En 198ó, a la edad de noventa años, moría en Ojai, California, tras una vida dedicada por completo a los demás. Sus charlas, a las que no había renunciado a pesar de encontrarse enfermo y agotado, y que habían reunido a miles de personas a lo largo y ancho del mundo, fueron posiblemente el medio más personal y eficaz de transmisión de su mensaje de amor y sabiduría. La herencia personal que dejaba a su muerte era, en lo espiritual, inmensa. En lo material, se reducía a la estilográfica con la que había escrito tantas páginas y a algunas prendas de ropa.

Revolucionario de lo real

El acercamiento al pensamiento de Krishnamurti implica toda una actitud de alerta, de atención suma y, sobre todo, de desnudamiento mental. Basta ver uno solo de sus videos, o leer un capítulo de cualquiera de sus múltiples obras, para darnos cuenta de que nos hallamos ante un excepcional investigador de la mente humana, con el cual no podemos adoptar una postura pasiva de mero oyente o lector. Krishnamurti, que siempre desdeñó el papel de los maestros y los gurús, que siempre se manifestó contrario a todo tipo de religiones y enseñanzas establecidas, nos exige con su palabra un verdadero compromiso con nosotros mismos. Una actitud de observación sincera y profunda. El ser humano, su pensamiento, está anclado entre el pasado y el futuro, pero no sabe, no quiere afianzarse en lo que verdaderamente «es», en el ahora, en el presente. Lo real, nos dice Krishnamurti, no es un producto del pensamiento, ni una elaboración más de la memoria o del conocimiento; lo real es lo que surge cuando nos desprendemos de todo el lastre del intelecto “¡Mírese, obsérvese, vea lo que está pasando dentro de usted!” nos repite una y otra vez.

Aseguran aquellas personas que vivieron con Krishnamurti, o que compartieron con él prolongadas estancias, que la inmensa energía que se desprendía de su persona, la continua atención que prestaba a todo cuanto estaba sucediendo en su entorno, generaban algo así como la vibración de una potente e incansable dínamo. “No siempre era fácil estar a su lado», confiesa alguien que lo conoció bien. Es comprensible. La mente humana normal, hiperactiva -y, sin embargo, casi siempre dormida-, queda fácilmente deslumbrada ante la luz cegadora que emana de un ser que vive en lo auténtico, en lo real, en “lo que es”.

La libertad primera y última

Este enunciado, que constituye, al mismo tiempo, el título de una de sus obras más significativas, representa el leit motiv del pensamiento krishnamurtiano y es, sin duda, uno de los logros más importantes de su profunda investigación interior .

Una de las apetencias más entrañables del ser humano es la libertad. Llevado por su afán de dividir, de calificar, de parcelar, la ha denominado libertad de acción, de expresión, de pensamiento, etc.

Por su consecución ha luchado a lo largo de la Historia; por ella ha combatido y muerto. Sin embargo, tales libertades, no son más que un producto de su propia mente, de su propio pensamiento, y por tanto son limitadas, efimeras y falsas. La auténtica libertad, la Libertad con mayúscula, nos dice Krishnamurti, no puede ser algo mental, algo diseñado exclusivamente por el intelecto. La Libertad, como el Amor, como la Verdad, pertenecen a otra dimensión, son patrimonio de lo Real, de lo que «es» . Esa Libertad tampoco nos la puede proporcionar ninguna religión, ninguna disciplina, ningún maestro o gurú. La Libertad nace de la comprensión, del propio conocimiento, y nadie, excepto nosotros mismos, puede conquistarla.

La aventura del ser

Moviéndose incansablemente de uno a otro país, viajando de un continente a otro, Krishnamurti va ofreciendo amorosamente los frutos de su investigación interior. «¿Por qué no descansa usted, y se retira para poder escribir tranquilamente sus obras?», le preguntó en cierta ocasión uno de sus allegados. «Porque creo que me moriría si no pudiera hablar a la gente» , fue su contundente respuesta.

A pesar de ello, a pesar de sus inmensos esfuerzos por hacer llegar su mensaje a todo el mundo -ya se tratara de hindúes o americanos, sajones o latinos-, Krishnamurti se quejó en más de una ocasión de que si bien sus palabras eran escuchadas respetuosamente, eran muy pocos los que las ponían en práctica. «Me conformaría con que tan sólo media docena de personas vivieran integralmente lo que digo» .

¿Cuál es la razón de semejante dificultad? Para empezar, Krishnamurti no ofrece con su enseñanza la posibilidad de acceder a ningún paraíso, ni siquiera la consecución de cierto bienestar fisico o psicológico. Lo único que pretende es que el oyente, o el lector, inicie honestamente un trabajo de autoconocimiento sin esperar , a cambio, gratificación alguna. Después, está la índole misma de ese trabajo de investigación que, como ya hemos dicho, requiere una gran atención, una observación continua del juego de la mente y del pensamiento, con toda su carga de intelecciones, recuerdos y falsas esperanzas e ilusiones.

Todo eso significa nacer en cada instante, -y, por tanto, morir en cada instante a lo viejo, a lo caduco, a los hábitos contraidos a los largo de toda una vida-, lo cual no es en modo alguno una tarea fácil.

Temor, placer y dolor

En 19ó7, Krishnamurti da en Saanen -pequeña población suiza, escenario de múltiples conferencias suyas- una serie de charlas sobre temas de palpitante actualidad en aquellos años cruciales. Posteriormente, el contenido de esas charlas se publicó en un obra que llevaba por título «Temor, placer y dolor».

La terrible y absurda guerra del Vietnam se encontraba en su apogeo, y la convulsión que semejante tragedia producía en las mentes sensibles dio pie a Krishnamurti para hacer algunas reflexiones, agudas y profundas como todas las suyas. Hoy, sus palabras siguen teniendo la misma vigencia de entonces:

“...No son sólo los norteamericanos y los vietnamitas, sino cada uno de nosotros, los que somos responsables de estas monstruosas guerras; y no es que usemos de modo casual la palabra responsables. Nosotros somos responsables, tanto si aquellas se producen en Oriente Medio como en el Extremo Oriente, o en cualquier otro sitio.

Continúan la gran inanición, el gobierno ineficiente y la acumulación de armamentos. Al observar todo esto es natural y humano que uno exija un cambio, que haya una revolución en nuestro modo de pensar y vivir”.

“¿Cuándo va a empezar tal revolución…? Por todo el mundo las religiones organizadas “reeducan” a las gentes para que se ajusten a un modelo determinado, que llaman ideas religiosas y mitos. A los comunistas, capitalistas, o socialistas, no les interesa nada el individuo, aunque hablen sobre él. Mas yo no veo cómo puede producirse un cambio radical si no es por medio del individuo”.

Y continúa diciendo: “El ser humano individual es resultado de la total experiencia, el conocimiento y la conducta del hombre, que se hallan en nosotros. Somos el depósito de todo el pasado, la experiencia racial, familiar, individual, de la vida; somos eso, y si no hay una revolución, una mutación en la esencia misma de nuestro ser, no veo cómo puede surgir una buena sociedad”.

Para Krishnamurti, el ser humano como individuo es completamente responsable del estado del mundo. Nuestras divisiones personales, nuestros continuos enfrentamientos, debidos a los nacionalismos, a las ideologías, a las diferencias de todo tipo que continuamente mantenemos y fomentamos, son los causantes de tanta guerra y destrucción. Pero para que todo eso concluya, es necesario que el hombre comprenda su entera responsabilidad; y lo haga, no de una forma intelectual, emotiva o sentimental, sino completa y profundamente. Y para que se produzca esa comprensión es imprescindible que el individuo se observe a sí mismo.

He aquí uno de los pilares fundamentales de la enseñanza krishnamurtiana: la autocognición, el aprender sobre nosotros mismos. Pero este aprendizaje, este conocimiento propio tiene que hacerse libre de todo magisterio, de toda dirección, porque en cuanto sigamos las directrices de otra persona -ya sea un Freud, un Jung, o el mismo Krishnamurti- lo que aprendamos estará siempre condicionado por estas personas, y nuestro trabajo no será «serio» -término que le era tan querido-- ni se podrá realizar dentro de nuestra psique esa revolución total absolutamente imprescindible.

La acción inmediata

No sólo es necesario que el hombre se libere de todo magisterio exterior, sino también del peso que sobre sí ejerce el pasado con toda esa carga de experiencias y conocimientos acumulados.

A este respecto, Krishnamurti asegura que para conocernos a nosotros mismos, para comprendernos, no nos hace falta la autoridad del ayer, de la tradición, ya que somos una cosa que vive, que se mueve, que nunca descansa, que siempre está fluyendo. “Cuando nos miramos con la autoridad del ayer, lo importante es esa autoridad y no el movimiento de la vida que somos nosotros; de manera que no comprendemos el movimiento, su fluir, su belleza, su cualidad”.

En tales condiciones lo que comprendemos es solamente lo dictado por nuestro pasado, lo que a través de él hemos acumulado, aquello que nos obliga a examinar, a analizar. Pero, nos sigue diciendo Krishnamurti, estar libre de esa autoridad es morir para todo lo de ayer, de manera que nuestra mente pueda estar siempre fresca, joven, llena de vigor. Esa es la mente que se halla siempre dispuesta para la acción inmediata.

¿Cómo se ha de entender esta acción? Veamos. Según sabemos, la acción significa siempre un presente activo, pero ese presente está desvirtuado para nosotros, pues nuestros actos no son más que un reflejo de lasexperiencias y las fórmulas que traemos del pasado. Para Krishnamurti, el individuo está siempre obrando de acuerdo con la memoria, y al hacerlo así sus acciones son cosa muerta, son acciones esclavizadas, o, mejor dicho, «inacciones».

Supongamos, por ejemplo, que hemos tenido una experiencia de ira o de placer; al vivir el momento presente, mi acción estará tintada por ese recuerdo de cólera, de dolor o placer, impidiendo que se produzca el hecho nuevo, fresco. Estamos obrando, pues, de acuerdo con algo que se encuentra ya muerto, pero de lo cual no podemos liberarnos. El conflicto y su naturaleza. Otra de las constantes en el pensamiento de Krishnamurti es la dilucidación del conflicto personal, del conflicto humano.

De poco sirve tratar de llevar a cabo una investigación sobre la naturaleza de los conflictos externos, llámense guerras, injusticias de todo tipo o, incluso, dramas a menor escala, si antes no indagamos profundamente en la esencial del conflicto en que nosotros mismos nos hallamos inmersos .

Esta última y personal investigación es la más compleja, la que requiere mayor atención. Krishnamurti pregunta, y nos pregunta, si es posible que nos liberemos de nuestros íntimos conflictos. Y, como de costumbre, deja la pregunta en el aire, para iniciar seguidamente una serie de formulaciones que permitan al lector o al oyente bucear dentro de su interior.

A lo largo de la Historia, nos viene a decir , han surgido una serie de movimientos, tanto políticos como religiosos, que han pretendido crear el orden y la armonía en el mundo. Unos y otros se han definido como los adalides y los poseedores de la Verdad. Todos ellos han marcado una serie de preceptos. normas y leyes a seguir , que serían las bases de la justicia y el orden. Pero Krishnamurti pregunta si es posible que cese nuestro problemainterior imponiéndonos unas normas de conducta. «¿Puede cesar el conflicto, si usted se ve obligado exteriormente a vivir en paz consigo mismo y con su prójimo?.. ¿o si está usted tratando, en lo interno, de vivir con arreglo a ideología y principios dados al hombre por la autoridad? El individuo lo ha ensayado todo: la obediencia, la rebelión, la conformidad y el seguimiento a ciertas directivas. para vivir en paz interiormente, sin conflicto alguno». Pero, indiscutiblemente, esta fórmula no nos ha dado resultado alguno. Es necesario, pues, según la óptica de Krishnamurti, que seamos nosotros mismos los que profunda y sinceramente nos hagamos la pregunta «¿por qué vivo en conflicto?», sin buscar la autoridad de nadie, ibres de opiniones y teorías .

Al hacerlo así, al investigar honestamente y sin coartadas en la naturaleza de nuestro propio conflicto, nos daremos cuenta que en la raíz del mismo se encuentra presente el deseo. Y ese deseo, según palabras de Krishnamurti, “está siempre en contradicción”. Fragmentos de un epistolario.

El estilo poético y sencillo con que Krishnamurti se expresó siempre, y que queda claramente reflejado en sus distintos Diarios, a los que nos referiremos más adelante, se puede encontrar también en la correspondencia que mantuvo con aquellas personas a las que más directamente se sentía vinculado. Una de sus últimas biografías, la que se debe a la escritora hindú Pupul Jayakar , incluye algunos exquisitos fragmentos de esos epistolarios. Escogemos, seguidamente, una carta enviada a una joven amiga, cuyo contenido tiene bastante que ver con lo recientemente tratado. «...Sea dúctil mentalmente. El poder no radica en la firmeza y en la fuerza, sino en la flexibilidad. El árbol flexible aguanta el ventarrón. Adquiera el poder de una mente rápida.

«La vida es extraña, tantas cosas ocurren inesperadamente; la mera resistencia no resolverá ningún problema. Uno necesita tener infinita flexibilidad y un corazón sencillo.

«La vida es el filo de una navaja y uno ha de recorrer ese sendero con cuidado exquisito y dúctil sabiduría.

«La vida es muy rica, tiene tantos tesoros, y nosotros la afrontamos con los corazones vacíos; no sabemos cómo llenar nuestros corazones con la plenitud de la vida. Somos pobres internamente, y cuando se nos ofrecen riquezas, las rechazamos. El amor es algo peligroso: trae consigo la única revolución que da completa felicidad.

Y, así, muy pocos de nosotros somos capaces de amar, muy pocos queremos amar. Amamos en nuestros propios términos, haciendo del amor una cosa comerciable. Tenemos la mentalidad mercantil, pero el amor no es comerciable, no es un asunto de toma y daca. Es un estado del ser en que se resuelven todos los problemas humanos.

Vamos al pozo con un dedal, y de ese modo la vida se vuelve una cosa vulgar , pequeña, mezquina…»

Como se puede ver por las líneas que anteceden, el concepto del amor, para Krishnamurti, es algo muy profundo, muy sutil y, por supuesto, muy revolucionario. Tanto el amor como la compasión -sentimiento que nada tiene que ver con lo que comúnmente se entiende por tal- son pilares muy capitales en su pensamiento, que hacen de su investigación algo verdaderamente trascendental.

Un Diario muy especial

Como ya hemos dicho, el Diario que Krishnamurti empezó a escribir en el mes de Junio de 1951, juega un papel muy singular entre todos sus escritos.

Para empezar, ya pesar de su título, esta obra tiene poco que ver con lo que generalmente se entiende por un Diario de tipo personal. No encontraremos a lo largo de sus páginas los acontecimientos, diálogos o anécdotas de una vida cotidiana, sustrato normal de este tipo de obras. Por el contrario, parece como si el autor quisiera voluntariamente eliminar todo lo que hubiera de trivial y personalista -no olvidemos que Krishnamurti suele hablar de sí mismo en tercera persona- dándonos, en cambio, una visión más globalizadora y trascendente, de acuerdo siempre con su habitual forma de enseñanza.

Mary Lutyens, gran amiga suya y una de sus más conocidas biógrafas, dice refiriéndose al Diario:

«En Junio de 1951, Krishnamurti comenzó a llevar un registro diario de sus percepciones y estados de conciencia. Salvo por unos catorce días, más o menos, prosiguió con estas anotaciones durante siete meses. Escribió claramente, con lápiz, y virtualmente sin tachaduras... Las anotaciones empiezan abruptamente y terminan de la misma forma. Ni él mismo pudo decir qué es lo que le impulsó a iniciarlas...»

En este Diario el autor hace alusión a lo que él llamó «el proceso», episodio al que someramente nos referimos en las páginas dedicadas a sus datos biográficos. Pues bien, ese «proceso» vivido por primera vez a los veintiocho años de edad, y que constituyó una experiencia espiritual verdaderamente trascendental, tuvo unas manifestaciones físicas extremadamente dolorosas que, más suavizadas, siguieron acompañándole durante muchos años.

Krishnamurti jamás se defendió de estas molestias físicas, que afectaban predominantemente a su cabeza y columna vertebral, mediante medicación alguna. Su deseo de vivir de forma plena cuanto la vida le presentaba, ya fuera agradable o no para su personalidad, le obligaba a rechazar cualquier tipo de fármacos.

Pero retornemos las palabras de Mary Lutyens referentes a la obra de la que hablamos.

«En este singular registro diario tenemos lo que podría llamarse el manantial inextinguible de donde brota la enseñanza de Krishnamurti. Toda la esencia de su enseñanza está aquí, surgiendo de su fuente natural. Tal como él mismo escribe en estas páginas: «cada vez hay algo nuevo en esta bendición, una nueva cualidad, un perfume nuevo pero, no obstante ella es inmutable». Así, la enseñanza que brota de esa fuente nunca es del todo igual, aunque se repita a menudo. Del mismo modo, los árboles, las montañas, los ríos, las nubes, la luz del sol, los pájaros y flores que él describe una y otra vez son siempre nuevos , porque en cada momento son vistos con ojos que nunca se han habituado a ellos; cada día son para él una percepción totalmente pura, nueva, y así llegan a serlo para nosotros» .

Krishnamurti y la educación

Un tema muy importante para Krishnamurti fue siempre la educación del niño. Sobre ello escribió dos libros, titulados Cartas a las escuelas , en los que expone sus puntos de vista sobre una educación que él consideraba creativa y humanista, en el auténtico sentido de la palabra.

Al niño, según su criterio, hay que capacitarle no sólo por medio de los conocimientos, indispensables para el dominio de las especialidades tecno1ógicas, sino preparándole para que esté despierto a los procesos de su propio pensar, sentir y actuar .

Al cuestionar los fundamentos de nuestra cultura, Krishnamurti propugna un enfoque totalmente nuevo con respecto a los postulados de la educación. y si bien para él tiene notoria importancia el cultivo del intelecto, y la necesidad de tener una mente clara, aguda y siempre despierta, hace gran hincapié en mantener una percepción alerta y crítica tanto del mundo exterior como del interior. Entre los problemas que se le presentan al educador de nuestros días -y que no parece estar resuelto en modo alguno- figura de forma muy destacada la armonización de orden y libertad en el alumno. Para Krishnamurti el orden se encuentra en la misma raíz de la libertad. y esa libertad no periclita, sino que por el contrario está renovándose de forma constante en el mismo acto de vivir.

El tiempo que el estudiante empleó en su formación no debe estar marcado con ingrato recuerdo, sino todo lo contrario, Para que eso suceda, propugna Krishnamurti, es necesario que no exista competencia.

Un trabajo de siembra

El trabajo de Krishnamurti fructificó, de alguna manera, con la creación de las Fundaciones -en India, Estados Unidos, Inglaterra e Hispanoamérica-, las Escuelas y los Centros de Información.

Las Fundaciones son, en cierto sentido, las depositarias de su enseñanza, creadas no sólo para regular la publicación de la obra de Krishnamurti, sino también para administrar y reglamentar el patrimonio físico. Las Escuelas representan uno de los puntales más queridos por su fundador, pues en ellas se procura que los alumnos, además de recibir una formación académica, se familiaricen con el pensamiento de Krishnamurti, aprendiendo a vivir de una forma holística y autocognoscitiva. Por lo que se refiere a los Centros, como su nombre indica, son lugares de información, en los que se ofrece al interesado la oportunidad de conocer, a través de sus libros y videos, la obra de Krishnamurti. Ninguno de estos tres tipos de centros pretende llevar a cabo una labor de proselitismo que chocaría frontalmente con el pensamiento krishnamurtiano, que básicamente propugna una investigación profunda y totalmente personal sin la menor manipulación externa.

La verdad es una tierra sin caminos

Uno de los métodos que Krishnamurti puso en práctica en sus miles de charlas fue el de los diálogos con sus oyentes. Este sistema tan clásico, tan socrático, permite realizar una investigación viva y espontánea sobre el tema que se está tratando para llegar, eso sí, hasta el fondo del asunto, observando todos los mecanismos que la mente pone en juego en ese preciso momento: las reacciones, el acúmulo de conocimientos, las justificaciones, las limitaciones del intelecto, etc. Como ya hemos dicho repetidamente, Krishnamurti intenta que el individuo, en su búsqueda de la Verdad, rompa con todas las viejas estructuras y hábitos mentales que le encadenan, seguramente, desde mucho antes de su nacimiento. A este respecto, vale la pena que concluyamos las líneas presentes citando sus propias palabras:

«...La verdad no se acumula, ella es de momento en momento...

Una mente que está deseosa de una transformación futura, o que encara la transformación como objetivo final, jamás podrá hallar la Verdad. ¿Cómo podremos descubrir lo nuevo, si estamos agobiados por lo viejo? La Verdad es «ser» de momento en momento... El amor no es diferente de la verdad. El amor es ese estado en el cual el proceso del pensamiento en función del tiempo ha cesado por completo. Y donde hay amor hay revolución, porque el amor es transformación de instante en instante.

Extraído del del libro “Las escuelas esotéricas de Occidente”

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